Blogia
Cuaderno de bitácora - Tejiendo palabras

Lugares de los que nunca se vuelve

LA NUEVA ESPAÑA 16.3.2004
FRANCISCO GARCÍA PÉREZ

Tras un año de dejar ayunos a los fieles seguidores de sus novelas, Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) vuelve a las librerías con un bocado de, al menos, complicada digestión. En efecto, 2005 no tuvo «novela de Reverte»: sólo el consuelo de Nunca me cogeréis vivo, una recopilación de artículos. Un año antes, Cabo Trafalgar; en 2003, quinta entrega de la serie del Capitán Alatriste: El caballero del jubón amarillo; en 2002, La Reina del Sur, la historia de una mujer hecha a sí misma, en su viaje desde la miseria al mayor poder.

La novela que acaba de aparecer, El pintor de batallas, puede que tenga la virtud de no contentar ni a los fieles seguidores antedichos ni a quienes tenían a Reverte por un escritor sólo de folletines, incapaz de otro registro. A los primeros, porque no encontrarán a «su» autor: aquí no hay grandes misterios por resolver, no hay acción tras acción, complejas tramas, persecuciones, enigmas, navegaciones... A los segundos, porque tendrán ahora la oportunidad de responder a gusto a las muchas pullas recibidas por el murciano, significando que, cuando Reverte va de serio, de profundo, de pérdida de extensión anecdótica para ganar en intensidad reflexiva, no da la talla.
Pero «El pintor de batallas» tendrá, asimismo, la virtud de gustar a quienes alaban el riesgo, a quienes aplauden que un escritor como Reverte (perfectamente capaz de nutrirse, gracias a su propia biografía, de mil argumentos trepidantes y de dar en cada nueva entrega más de lo mismo) haya frenado en seco y haya posado una mirada cansada, fatalista y sin atisbo de esperanza, sobre la condición humana en su expresión acaso más brutal: la guerra. No es que el autor haya sido la alegría de la huerta en sus otras novelas, por las que no pulula precisamente una cariñosa estima del hombre (y quizás a eso se refiera cuando insiste en las entrevista diciendo que no ha cambiado, que «El pintor de batallas» es la culminación de tantas cosas dispersas en su obra anterior). Es que ahora centra al lector en la reflexión sobre tal tema, sin permitirle que se despiste. La trama, reducida al mínimo. Diálogos, los justitos. Devaneos, sólo uno. Qué curioso: una de las bestias negras de Reverte, Juan Benet, repetía con frecuencia que escribir una novela con argumento, maldita la gracia; que el punto estaba en escribirla sin argumento. Reverte acaba de hacerlo.
Argumento
Con 50 años, un exitoso fotógrafo de guerra, llamado Faulques, se retira a una torre junto a la mar para pintar dentro de ella un gigantesco mural que represente la batalla de todas las batallas. Acude a visitarlo un croata, Ivo Markovic, que le manifiesta su propósito de matarlo por haberle atraído una horrible desgracia al fotografiarlo en una retirada durante la guerra de los Balcanes. Pero, antes de liquidarlo, quiere comprender y que el pintor comprenda. El diálogo entre ambos, la sombra de Olvido (compañera de Faulques, muerta), unas cuantas espeluznantes estampas del horror (la lucha en un manicomio; el azar del francotirador; los prisioneros junto al río, aguardando despavoridos la llegada de los cocodrilos...) y la guía turística (el devaneo del que hablé: un personaje prescindible, a mi juicio) completan la anécdota de la novela. No hay más.
Teatro
Así pues, nada más alejado de un sinfín de peripecias como Reverte nos contaba hasta ahora, con gran éxito suyo y gran deleite de quienes no creemos que la literatura haya de ser siempre Bernhard, siempre Broch, siempre el pelma de Robbe-Grillet (aunque también), y sí con frecuencia Dumas, Stevenson o Twain. Podría decirse que ni siquiera se trata de una novela si tomamos el asunto en el sentido más clásico de la palabra. «El pintor de batallas» puede ser a la perfección una obra de teatro: dos personajes que dialogan en un claustro cerrado sobre la guerra y sus ocultas reglas, sobre la miseria humana y las líneas caóticas, geométricas o azarosas que la rigen. Con las técnicas escénicas actuales, nada impediría que una pantalla gigante reflejase las fotos del horror que tomó Faulques y de las que Markovic habla. Con transformar el monólogo interior del pintor en palabras dichas, al cabo de la calle estaríamos. Y obra dramática al canto.
El hombre
Las consideraciones de Reverte sobre el hombre (ese «riguroso hijoputa») son lapidarias: nada que hacer con nosotros. Ni una brizna de aire limpio. Hemos matado, matamos y mataremos, como quiere Faulques reflejar en el fresco que pinta en la torre. Sólo nos dará un consuelo escaso el intentar comprender por qué demonios somos así, ya que lo somos. Comprender y hacer visibles las líneas ocultas que trazan las constantes de nuestra barbarie o que se trazan por las constantes de nuestra barbarie. Y ahí carga bien las tintas Reverte no sin dejar (quién sabe si por despiste, quién sabe si de modo intencionado) un flanco abierto a sus detractores, a quienes le aconsejarían volver al folletín. Porque, amén de decir que ni Vargas Llosa, ni Marsé, ni... escribirían una novela como «El pintor de batallas», pesa un poco en el lector una insistencia pertinaz del autor omnisciente diciéndonos, a cada paso, que esto es así, que esto lo vivió él mismo, que sabe de lo que habla, que no hay vuelta de hoja, que en la guerra estuvo él como hay que estar en la guerra, no como esos «turistas del desastre», que él sí vio el horror y convivió con él, que de la guerra no se vuelve, que... Ignoro las razones de ese machacón runrún de fondo: Reverte es un personaje público lo suficientemente conocido como para que nadie le acuse de no saber de lo que escribe. Y tanta insistencia puede llevar a sus críticos a decirle que bien podría haber empleado sus conocimientos sobre las decenas de guerras en que participó para interiorizarlos mejor, comprimirlos más, hacer su mural de palabras más ajustado, mucho más corto, menos repetitivo.
Giro
Encuéntrese el lector de estas líneas en el caso que se encuentre, quien las firma no puede dejar de animar este giro sobrado de Pérez-Reverte. Ni necesita fama, ni dinero, ni demostrar nada (aunque bien parece que él opine lo contrario respecto de este último aspecto). De modo que quería echar fuera «El pintor de batallas» y fuera que lo echó. Cambiando de estilo (más académico, sin duda, y no hay ironía), reduciendo personajes, trama y escenario. Una obra de teatro presentada como novela. En la narrativa española actual, en calma chicha desde ni se sabe cuándo, cualquier brisa de cambio es de aplaudir y agradecer. Aunque sólo sea un giro sobre uno mismo.

Fuente: "http://www.lne.es/secciones/noticia.jsp?pIdNoticia=385050&pIdSeccion=66&pNumEjemplar=1214
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres