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Cuaderno de bitácora - Tejiendo palabras

AQUELLA ESPAÑA IMPERIAL… Años 40-42 - Juan Eslava Galán

AQUELLA ESPAÑA IMPERIAL… Años 40-42 - Juan Eslava Galán

Al principio pareció que media España había perdido la guerra, después se vio que incluso los vencedores de a pie la habían  perdido, que sólo la había ganado la oligarquía militar, terrateniente e industrial que propició el Alzamiento. Y la Iglesia, que recobraba un poder casi trentino, casi medieval.

             Franco tenía el prestigio del vencedor y el prestigio mimético de  ser el Caudillo, equivalente de Führer y Duce, los poderes que asombraban al mundo al principio de la Guerra Mundial. Franco, caudillo providencial, no podía equivocarse: los periodistas lo adulaban en sus crónicas, los obispos lo llevaban bajo palio… Él, gallego, se apoyaba en las tres fuerzas dominantes: el Ejército, la Iglesia y la Falange y repartía los cargos del Nuevo Estado entre individuos procedentes de aquellos estamentos, un premio o un soborno. Por lo demás, dirigía España como un cuartel: había que militarizar el orden público, recristianizar a los españoles y administrar paternalmente la economía, el trabajo y la cultura, suprimiendo cualquier pervivencia liberal heredada de la República. Tan magna obra exigió la  depuración de los funcionarios afectos a la República. Maestros y profesores liberales fueron expulsados de sus cátedras y los puestos vacantes se entregaron a personas afines al Régimen. “De cada cinco puestos depurados en la administración cuatro se reservarán para excautivos, excombatientes, huérfanos y viudas del bando nacional” (Di Febo-Juliá). Al ciudadano que optara a un puesto público debería avalarlo la Secretaría General del Movimiento tras jurar “su firme adhesión a los Principios Fundamentales del Estado”. Una buena cantidad de señoritos,  enchufados y analfabetos de camisa azul se hizo cargo de puestos para los que no estaban preparados: “Para eso hemos ganado la guerra” –se oía, o se leía, con relativa frecuencia como justificación de un atropello o como protesta por una decepción.

            Mientras la gente hacía cola, resignada, ante las tiendas de alimentos para retirar las escasas raciones que permitía la Cartilla de Racionamiento, los actos-recordatorio de la guerra se sucedían. Los discursos falangistas pregonaban la  Nueva España. Traía el cartero citaciones oficiales para cualquier asunto advirtiendo la disponibilidad del ciudadano “sin excusa ni pretexto alguno”. Comenzaban a funcionar los teléfonos de los organismos oficiales: ¡Arriba España! Dígame, espetaba el telefonista. Y uno respondía ¡Arriba España! antes de exponer su recado. Las cartas, incluso las de amor, debían portar el encabezamiento: Saludo a Franco. Arriba España y la despedida: Por Dios, España y su revolución Nacional-Sindicalista.

La gente humilde pasaba hambre; la clase media, estrecheces; la clase pudiente reanudaba su vida desahogada tras recuperar sus rentas. Al principio tuvo que resignarse a instalar gasógeno en el automóvil, debido a la escasez de combustible, pero la miseria ambiental tenía sus compensaciones, las criadas y las queridas trabajaban casi por la comida, sin rechistar, y uno podía fumarse buenos vegueros cubanos y llevar a la señora a ver a Celia Gámez haciendo “Yola” en el Eslava. Nació la muñeca Mariquita Pérez, con todos sus trajecitos, para que las niñas ricas recuperaran pronto la infancia feliz a la que tenían derecho como hijas de los vencedores. Y para las que empezaban a mocear, las chicas topolino de la calle de Alcalá, zapatos de corcho y faldita justo por las rodillas.

 El coste de la vida había crecido un 247% respecto a los niveles anteriores a la guerra, mientras que los salarios sólo ascendieron un 150% (cifras de 1942). Por el contrario, en el periodo comprendido entre 1936 y 1946 la rentabilidad de las empresas crecerá un 13,79%; los beneficios de la banca, en un 29,9 %. En ese decenio los salarios reales descenderían un 25%. Con el hambre y el racionamiento floreció el estraperlo, o mercado negro, del que se lucraban algunos desaprensivos con enchufe en las alturas que pronto engrosaron la plutocracia nacional. “España es una dictadura dulcificada por la corrupción” la definió Jaime de Foxá. A los que no les llegaba, les quedaba la evasión de la radio, escuchada en el corral de vecinos, donde triunfaba la copla. Las estadísticas falseaban la cifra de los suicidios. A propósito, en Madrid se estaba ultimando el viaducto sobre la calle de Segovia.

            A finales de 1939, tras meses de clasificaciones, licenciamientos y condenas quedaban unos ciento ochenta mil presos cuya recuperación para la sociedad incluía el canto diario del Cara al Sol, la misa de campaña dominical y las predicaciones cuaresmales con su comunión general, no obligatoria, pero sí conveniente. Muchos se acogieron a las ventajas que ofrecía el Patronato para Redención de Penas por el Trabajo y suministraron al Régimen abundante mano de obra barata con a que acometer diversas obras y reparaciones, entre ellas las del Valle de los Caídos, la basílica, panteón de dimensiones faraónicas, el Escorial particular con que Franco quería coronar su entrada en la historia.

            Catolicismo y nación se confundían en el nacional-catolicismo. La Iglesia recuperó y amplió sus antiguos privilegios, impuso su pacata moral y se adueñó nuevamente de la educación. Mientras tanto, Europa se había enzarzado en la Segunda Guerra Mundial. Franco estrechaba su amistad con Hitler y Mussolini,  dos dictadores que aspiraban a formar sendos imperios. Por mimetismo, Franco soñaba con reverdecer pasados laureles imperiales. La prensa del Movimiento enaltecía el carácter español espiritual, individualista, caballeroso, hidalgo, apasionado. “Ninguna voz se alza –apunta Amando de Miguel-  para señalar que la espiritualidad es disfraz para la beatería, la superstición y el egoísmo, que las virtudes son a menudo producto de la ignorancia, que el individualismo, las más de las veces, quiere decir insolidaridad, que la hidalguía no pasa en ciertos momentos de pobretería, la austeridad mírese a ver si no es hambre, etc.”

El nuevo régimen revocaba los derechos conseguidos por la clase obrera durante la República e impulsaba la Ley de Unidad Sindical (26 enero 1940) y la Ley de Bases de la Organización Sindical (6, diciembre, 1940) suprimía los antiguos sindicatos obreros, poco después se declaraban constitutivas de delito la asociación, la propaganda ilegal y las huelgas. El código de Justicia Militar consideraba delito de rebelión militar “los plantes, huelgas y chantajes, así como las reuniones de productores (o sea, obreros)  y demás actos análogos cuando persigan un fin político y causen graves trastornos de orden público”.

Un Centro Nacional Sindicalista o Sindicato Vertical, inspirado en el estado corporativo fascista italiano, agruparía en lo sucesivo a obreros, técnicos y empresarios “para superar la lucha de clases y armonizar los intereses de empresarios y trabajadores sobre una base de justicia social tutelada por el Estado”. Esta relación entre patrones y productores (antes obreros) se regularía mediante una Ley Sindical.

            La mujer también perdía los derechos republicanos para ascender a la más alta condición de “ángel del hogar” en la concepción católica del Régimen. Desde pequeñita se la educaba para madre consagrada al cuidado del marido y de los hijos. Mientras las chicas cursaban la asignatura “Hogar”, los chicos cursaban “Formación del Espíritu Nacional”, una escuela de patriotas. El deporte femenino de competición, tan impulsado por el gobierno de la República, cedió terreno a los saludables y honestos ejercicios de gimnasia sueca, con los muslos de la joven convenientemente cubiertos por unos recatados gregüescos deportivos llamados “pololos”. La mujer decente de la Nueva España no fumaba y por lo tanto no tenía derecho a ración de tabaco, como los hombres.

            Los hospitales estaban abarrotados y rivalizaban con los tribunales militares en enviar muertos al cementerio. Hacía estragos el hambre y sus secuelas, el piojo verde (tifus exantemático) y la tuberculosis. Unos dieciocho mil jóvenes se enrolaron en la División Azul que Franco enviaba a Hitler, muchos por ideología, otros como un medio para escapar de la miseria y del hambre; algunos para hacer méritos para un puesto oficial. También partieron cien mil trabajadores a Alemania.

            El tonadillero Miguel de Molina, notorio homosexual, no se sentía seguro en la renovada España imperial. Había pasado la guerra en Valencia, actuando para las tropas republicanas, y eso le daba fama de rojo. Miguel de Molina actuaba en Madrid con éxito. Una noche, a la salida del teatro, lo esperaron tres falangistas vestidos con impermeables blancos.

-Tienes que acompañarnos a la Dirección General de Seguridad.

Lo metieron en un coche. Cuando pasaron por Cibeles, el cantante preguntó:

-¿No me lleváis a la DGS?

-¡Tú calla!

El coche se detuvo en un descampado de las afueras.

-Baja.

Lo obligaron a beber un trago de aceite de ricino, Lo pelaron a trasquilones. Le propinaron una paliza golpeándolo con las pistolas.

Miguel de Molina lo entendió. Emigró a Buenos Aires.

            España, según sus noticiarios, renacía de sus cenizas, incluso Santander, devastada por un incendio en  febrero de 1941.

Cuando empezó el NODO, en septiembre de 1942, los españoles que usaban el cine como escape de la miseria, del frío y de la tristeza de la vida sin horizonte (y engañaban el hambre comiendo pipas saladas) supieron que a pesar de las apariencias España se situaba entre las grandes naciones, en su camino imparable hacia el imperio.

                                   Juan Eslava Galán

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1 comentario

nenaka -

lee esto el fachamipadre....jjajajajaj asi se habla que si no lo leo reviento.
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