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Cuaderno de bitácora - Tejiendo palabras

LA SIERRA DE LOS BANDIDOS - Juan Eslava Galán - Natura Suplemento de El Mundo

LA SIERRA DE LOS BANDIDOS - Juan Eslava Galán - Natura Suplemento de El Mundo             Cuando atraviesa la llanura manchega, camino del sur, la autovía N-IV se interna por Sierra Morena, cerros minerales, vegetación bravía, rocas grises y arboledas pinas. Un letrero anuncia: “Entra en Andalucía”.

            Sierra Morena, la muralla que separa la meseta castellana del valle del Guadalquivir. Cuatrocientos kilómetros de largo y unos setenta de ancho. Lomas y cerros abruptos de cuarcita, granito y pizarras entre los que docenas de riachuelos labran pacientemente sus gargantas. Esta cordillera está traspasada por muchos portillos a través de los cuales han discurrido, desde la prehistoria, los pueblos que migraban del valle a la meseta y viceversa. El paso más importante es, históricamente, el del Muradal por donde discurría el camino de Córdoba a Toledo. 

            La autovía atraviesa las casi ocho mil hectáreas del Parque Natural de Despeñaperros a través del famoso desfiladero  un paso natural encajado entre los altos roquedos de los Órganos, casi una catedral de la naturaleza que inspiró al dibujante Gustavo Doré y a tantos viajeros románticos.       

            El Parque Natural de Despeñaperros, vertiginosos precipicios y bravos cerros coronados de masas forestales típicamente mediterráneas: encinas, alcornoques y quejigos, con sus repoblados pinos piñoneros y otras aceptadas especies alóctonas que se plantaron debido a un mal entendimiento de la diversidad biológica. Al fin y al cabo somos tierra de paso, un pueblo viejo acostumbrado a todo, un pueblo que no ha olvidado la sagrada hospitalidad.            Llama la atención la abundancia y diversidad del sotobosque del parque, poblado de variados arbustos, madroño, jara pringosa, coscoja, lentisco, brezos y mirto, entre los que trisca y corretea una fauna variada: el ciervo, el jabalí, la gineta, la garduña, el meloncillo, el gato montés, el lobo y el lince. En el cielo, que suele ser de un azul purísimo, las cuatro especies de águilas (imperial, culebrera, perdicera y calzada), el buitre leonado, con su pescuezo pelado y abundantes zorzales charlos y otras avecicas de menor entidad.            El Parque Natural de Despeñaperros posee una gran riqueza arqueológica. Hay docenas de cuevas y abrigos naturales decorados con pinturas esquemáticas, especialmente la Cueva de las Vacas de Retamoso, próxima a los Órganos,  y las cuevas de la Graja y el Santo, en las cercanías de Santa Elena.             Hasta el siglo XVIII en Sierra Morena sólo existían caminos de arriería y cañadas pecuarias. Para los ministros ilustrados era vital establecer una buena carretera que uniera Madrid con Cádiz, el puerto por el que entraban los productos de las colonias americanas. El proyecto incluyó la repoblación de la región con colonos, las llamadas Nuevas Poblaciones. De los tres caminos tradicionales, el ingeniero Iturbide escogió el más corto, por el Puerto del Rey. El problema era que en un tramo de cinco leguas las cuestas eran pronunciadas que había que utilizar recuas de mulos porque los carros no eran capaces de subirlas. Iturbide propuso un trazado distinto, por el desfiladero de Despeñaperros, siguiendo el curso del río Magaña entre el macizo rocoso de los Órganos, y el del Collado de los Jardines.  Adaptar una calzada a este trazado requería una gran obra de ingeniería pues se trataba de una garganta estrecha, con los farallones de piedra de las paredes cayendo a plomo sobre el río, el desfiladero más impresionante de Europa, según algunos reputados viajeros. El proyecto de Iturbide lo realizó, unos años después, el ingeniero militar Carlos Lemaur, cuando trazó una carretera para las diligencias entre 1779 y 1783. Luego llegó el ferrocarril, que se adaptó a esa carretera, siguiendo el cauce del Magaña, y, finalmente, en 1984, se desdobló la antigua carretera con el trazado de la autovía logrando una circulación independiente de ida y vuelta, por carriles dobles, sobre calzada de hormigón firme, en los diecisiete kilómetros comprendidos entre Santa Elena y Venta de Cárdenas. En el camino de ida a Andalucía,  la antigua carretera, una curva se amplía en aparcamiento junto al mirador del Salto del Fraile, desde el que se contempla la mejor perspectiva del tajo y de las peñas de los Órganos.            En Despeñaperros la naturaleza sobrecoge. No es extraño que aquí estuvieran los santuarios más importantes de los iberos, la población autóctona, antes de Roma., lugares de culto y peregrinación y también centros de reunión de diversas tribus, territorio sagrado comunal, bajo el amparo de los dioses. A unos cinco kilómetros por la carretera de Aldeaquemada, entre pinares y prados amenos, se encuentra la Cueva de los Muñecos, así llamada por los exvotos del santuario, fechados hace entre dos mil seiscientos y dos mil cuatrocientos años, en un paraje impresionante, muy a propósito para la manifestación de la divinidad.             Junto al Centro de Interpretación nace un sendero que va al santuario, entre pinos, peñascos, encinas y monte bajo perfumado de tomillo, romero y brezo. En el abrigo que cobija el lugar sagrado, bajo el escarpe del cerro, en la roca gris y a veces ocre, se dibujan algunas figuras rupestres.

            Por otra senda forestal se va al castillo de Castro Ferral,  entre encinas, pinos y quejigos, sobre un ce­rro, al sur de la Peña de Malabrigo. Este castillo situado en las alturas del puerto del Muradal, guarda el paso de la Losa, una de esas rutas  tradicionales entre  Andalucía y la Meseta.

A un kilómetro de Santa Elena, saliendo de Despeñaperros, está el Centro de Interpretación del Parque Natural de Despeñaperros, junto al campo de batalla de las Navas de Tolosa, con su museo, una parada obligada para el viajero avisado, que así mata dos pájaros de un tiro. En las Navas de Tolosa derrotó la confederación de reinos cristianos al todopoderoso emir de los almohades, el Miramamolín. De esta memorable batalla salieron las cadenas del escudo de  Navarra. En aquellos tiempos no habría vecinos, si acaso cuatro chozas de pastores, pero cuando se hicieron las Nuevas Poblaciones, en el siglo XVIII, los colonos alemanes y flamencos poblaron estos desiertos. El bando real les exigía conocimientos de agricultura y  excluía a peluqueros, músicos y representantes de otros oficios de lujo. No se observó fielmente y se colaron algunos individuos que, puestos a prueba, no acertaron a decir de qué lado del buey había que poner el arado. El Parque Natural de Despeñaperros está cruzado por diversas ecorrutas entre las que cabe destacar: La de la casa forestal de Valdeazores a las ruinas del Ferral; la de Santa Elena al área recreativa de la Aliseda y sendero del río Campana; la de Santa Elena al “Empedradillo” (posibles restos de una calzada romana o medieval) por Miranda del Rey; la de Aldeaquemada a la cascada de la Cimbarra que cuando cae a grifo lleno es uno de los espectáculos más sugerentes y refrescantes que estos parajes pueden deparar.

                                                                                  Juan Eslava Galán       

En colaboración para Natura

 
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