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Cuaderno de bitácora - Tejiendo palabras

UMBRAL SIN NOVELA Juan Eslava Galán

UMBRAL SIN NOVELA Juan Eslava Galán

 

 

 

            Conocí a Umbral hace unos diez años en un ruidoso bar sevillano lleno de periodistas y escritores, cuando le concedieron el premio de novela Fernando Lara. Le hice ver que en la novela había un error, un simple despiste: un fusilado aparecía como ejecutado a garrote vil en otros pasajes. “Qué más da –me dijo zanjando el asunto- es lo mismo”. Y bebió un largo trago de su whisky.

            Un novelista hubiera cuidado los detalles, pero Umbral no era novelista. Toda la vida luchó por serlo, (no meramente novelista sino novelista de éxito), pero jamás lo consiguió. Le faltaban los rudimentos de la técnica de novelar. Él los despreciaba porque ya se situaba por encima del bien y del mal.

Para hacer una novela hay primero que escribirla mal, sólo pendiente de la historia, emborronar cuartillas con situaciones y personajes. Cuando tienes eso, pasas a la segunda fase que es concordarlo todo para que no queden cabos sueltos, completar. Y sólo entonces corriges el estilo para que la novela esté bien escrita. Umbral –y su amigo y maestro Cela- nunca hicieron eso. Escribían un par de folios y los pulían hasta quedar satisfechos. Sólo entonces pasaban a los dos folios siguientes. Así salen novelas sincopadas, sin pulso, meros ejercicios de estilo. Las novelas de Umbral eran concatenaciones de carreras de cien metros lisos. La verdadera novela es una maratón: apunta a una meta muy lejana y por el camino varía el ritmo para no cansar ni cansarse. La mejor novela de Umbral, Mortal y Rosa, no es exactamente lo que se entiende por novela sino, más bien, un virtuoso ejercicio lírico. A los novelistas de raza, -Baroja, Galdós, Pérez Reverte, Muñoz Molina…- los despreciaba Umbral por envidia más que por otra cosa. Al que releía era a Miró.

            El verdadero Umbral  está en sus columnas. Nadie lo ha superado en esos cien metros lisos, tempo y pulso, heredados de los grandes maestros del periodismo, comenzando por el maestro González Ruano y siguiendo por Emilio Romero al que tanto odiaba (era mutuo). No hay un artículo de Umbral en el que no encuentre el lector un regalo de prosa castellana que compense sobradamente el esfuerzo de leerlo.

 No fue Umbral un gran novelista, pero sin duda fue un gran escritor, que no es poco. A la pasión de la escritura supeditó las pasiones de la vida, pues su vida, el helor de su vida, sólo se mantuvo por esa pasión de escribir y de hacer literatura de sí mismo.

Umbral era, se deduce de su obra, un hombre algo acomplejado por su falta de titulación. Lo paliaba exhibiendo más cultura que la que tienen muchos titulados. El malabarismo hipnotizante de su prosa disimula a veces los artificios ideológicos de un hombre que no cree en nada más que en sí mismo, pero está dotado para fingir ideologías y devociones convenientes. Las marquesonas lo descubrieron y dejaron de invitarlo. La muerte anunciada de Umbral las libró de perpetuarse en un retrato proustiano que él habría dibujado como nadie.

Ahora Umbral aguarda el juicio inapelable de la fama que lo convertirá en un clásico accesible al gran (o pequeño) público lector o definitivamente lo relegará a la memoria de los que lo releemos para aprender.

 Publicado en El Mundo
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