Blogia
Cuaderno de bitácora - Tejiendo palabras

Llamada a la guerra santa. Granada mora, Granada cristiana

Llamada a la guerra santa. Granada mora, Granada cristiana
La pólvora era la “razón última del rey”, no el diálogo, no la negociación basada en argumentos lógicos y sostenibles. No. La pólvora. Lo que indica que somos herederos de reinos y países hechos por la fuerza, por el uso de la pólvora, con lo que hasta en la vieja y “civilizada” Europa no sé si su trayectoria histórica es para presumir o para esconderla.
Por Jose María Fernández

Acabo de leer la reciente novela de Juan Eslava Galán, El mercedario de Granada. Transcurre el año 1487 y el futuro se cierne sobre Granada lleno de sombras e incertidumbres porque los moros se deshacen en disputas internas y porque los cristianos (los Reyes católicos) están a punto de dar el golpe definitivo para reconquistar la hermosa ciudad de la Alambra. En auxilio de los musulmanes, el sultán Bayeceto II, desde Estambul, envía a uno de sus mejores artilleros, Orbán, que tiene un protagonismo tanto en el reino cristiano como en el moro, pero complicado para él debido a sus amores con Isabel, una joven cristiana cautiva en un momento de la historia de los moros. Pero hay más, que veremos poco a poco.

Eslava Galán nació en Arjona (Jaén), en 1948. Se licenció en Filología inglesa en la Universidad de Granada y se doctoró con una tesis sobre historia medieval. Como escritor, tras la concesión en 1987 del Premio Planeta con su novela “En busca del unicornio”, su nombre es uno de los imprescindibles en la novelística contemporánea. Otros títulos suyos destacados son: “Yo, Aníbal”, “Roma de los Césares”, “El comedido hidalgo”, “Historia secreta del sexo en España”, “Señorita” y “Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie”. Además es autor de un libro de sonetos, publicado en 2005 y de varias novelas, tipo best sellers, inspiradas en la época medieval y escritas con el seudónimo de Nicholas Wilcox.

Eslava Galán ha participado en varias ocasiones en los Encuentros de escritores de la Universidad de Tarragona y siempre ha destacado por algo que se hace patente en su escritura, el dominio del lenguaje, el verbo cálido, un léxico adecuado a cada uno de sus personajes y la capacidad de contar con palabras exactas variados registros lingüísticos que vienen dados por la profesión o las circunstancias de los personajes de sus novelas. El en caso de “El mercenario de Granada” asombra el dominio del lenguaje de la guerra, el de los herreros y el de los artilleros; y no podemos olvidarnos el del pensamiento cristiano y el del musulmán. Precisamente, y en este sentido, voy a ofrecer a los lectores unas cuantas incursiones en la novela.

En la p. 29 (cito por la edición del Círculo de Lectores) se puede leer algo que a mí me movió a reflexión: “   -Durante doscientos años. Granada se ha mantenido en medio de los reinos cristianos porque pagaba un tributo anual de veinte mil doblas de oro. Ahora ese comercio está en manos de las compañías genovesas y pisanas, a través de sus consulados comerciales en Oran, y no llega tanto oro a Granada. Fernando, el rey cristiano, ha decidido que es el momento de sacrificar la gallina. Granada nos enseña la inconsistencia de los reinos que dependen de una voluntad.”

Las dos últimas líneas son demoledoras porque nos enseñan que cuando un país cae en manos de un gobernante caprichoso y sin escrúpulos, fácilmente ese país va a la ruina, lo que de hecho ha sucedido con las dictaduras militaristas que han gobernado frecuentemente en muchas de las repúblicas iberoamericanas y cuyas historias aciagas han dado lugar a novelas como El señor presidente de Miguel Ángel Asturias o La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa. Y miedo me da ahora España, por el capricho de… y la incompetencia de…

En la página 33 hay un diálogo entre Orbán y Centurione: “En otra circunstancia los reyes y los predicadores nos habrían quemado por brujos -prosiguió Orbán-, y hasta es posible que los primeros artilleros terminaran sus días en la hoguera, pero hoy los reyes nos necesitan y nos miman porque su poder depende enteramente de nuestra capacidad para derruir los muros y los castillos.

-La Ultima ratio regís -dijo Centurione-, el Arma del Rey, como la llaman los españoles.

La pólvora era la “razón última del rey”, no el diálogo, no la negociación basada en argumentos lógicos y sostenibles. No. La pólvora. Lo que indica que somos herederos de reinos y países hechos por la fuerza, por el uso de la pólvora, con lo que hasta en la vieja y “civilizada” Europa no sé si su trayectoria histórica es para presumir o para esconderla.

En la página 124 Eslava Galán nos relata las arengas que lanzaba un profeta visionario, un líder religioso: “ -¡Zegrí! ¿A qué esperas? -interpeló a los altos miradores-.¿No te bastan las señales del cielo? ¿Es que te tiembla la barba a ti que te llamaste un día «la espada del islam, el victorioso»? ¿Es que les temes a los perros de Fernando, aunque tu madre te parió para ser el lobo de los infieles, el látigo de los politeístas, el verdugo de los comedores de puerco, la peste de los trinitarios, la argolla en el pescuezo de los que abominan de Alá? ¡Mal haya el que pisa los huesos de los mártires! ¡Vigila que con tu prudencia excesiva no estés saboteando la sagrada yihad! Alá ha aparejado una gran victoria y los buitres y los cuervos se arremolinan como una negra nube sobre el campamento de los perros anticipando el banquete. ¡Hoy les vaciarán las órbitas de los ojos con sus picos curvos, hoy les desgarrarán con las garras las entrañas! ¿Oyes la voz del profeta que resuena en mi garganta o el pánico te ha sellado los oídos mejor que la cera? ¡Zegrí...! ¡A ti te invoco! Ha llegado la hora de abandonar la molicie y dirigir a los fieles a la Guerra Santa, a la madre de todas las batallas.”

Es una página que contiene muchos de los tópicos que explotan los hombres santos, los iluminados y que, particularmente en el islam, pero también en todos los fanatismos del mundo, estas predicaciones o similares han conseguido el brote de nacionalismos religiosos difusores del fanatismo y la intolerancia.

La llamada “a la Guerra Santa, a la madre de todas las batallas”, es la llamada al odio, es la llamada a la intolerancia, es la llamada al pensamiento único; es la llamada de los nacionalismos y de los fanáticos, sean de la patria, sean de la religión.

Y finalizo, porque creo que el lector ya se ha hecho una idea de lo que es y cómo está escrita la novela, con otra cita, las líneas con las que concluye el capítulo XXV, p. 169. El ejército cristiano, el de Isabel y Fernando, acaba de conquistar Málaga. El obispo, los nobles y los reyes recorren la ciudad y…: “Así llegó el séquito hasta la mezquita mayor donde, tras las aspersiones episcopales con agua bendita, para bendecir el recinto y librarlo de sus miasmas musulmanas, los carpinteros de Fernando instalaron la campana sobre un cadalso provisional. Quedó consagrado el templo como la primera iglesia de la ciudad.”

Ya está. Un poco de agua bendita y una mezquita, que supuestamente había alojado a todos los herejes y había dado refugio a los mayores enemigos de la cristiandad, queda convertida, en segundos, en templo santo, en catedral. Piensen en esta transformación y piensen en otras transformaciones no menos fabulosas, creo yo. Piensen en una matanza terrible, en un acto terrorista como el de los trenes de Madrid del 11 de marzo de 2004 en el que murieron 192 personas y del que todavía hoy no se sabe quienes fueron los autores intelectuales, los que lo idearon, los que prepararon los artefactos explosivos, los que los colocaron en los trenes y ni siquiera se sabe qué explosivo específico se utilizó. Y de repente hay un juicio y se hace pública la sentencia y esa sentencia se convierte poco menos que en dogma de lo que sucedió en el atentado y algunos partidos políticos y el presidente del gobierno español afirma campanudamente que ya queda establecida la verdad. Se ha operado el milagro. Agua bendita y sentencia y ya tenemos catedral y verdad de lo acontecido en el atentado terrorista en el que murieron 192 personas.

La pólvora era la “razón última del rey”, no el diálogo, no la negociación basada en argumentos lógicos y sostenibles. No. La pólvora. Lo que indica que somos herederos de reinos y países hechos por la fuerza, por el uso de la pólvora, con lo que hasta en la vieja y “civilizada” Europa no sé si su trayectoria histórica es para presumir o para esconderla.
Por Jose María Fernández

Acabo de leer la reciente novela de Juan Eslava Galán, El mercedario de Granada. Transcurre el año 1487 y el futuro se cierne sobre Granada lleno de sombras e incertidumbres porque los moros se deshacen en disputas internas y porque los cristianos (los Reyes católicos) están a punto de dar el golpe definitivo para reconquistar la hermosa ciudad de la Alambra. En auxilio de los musulmanes, el sultán Bayeceto II, desde Estambul, envía a uno de sus mejores artilleros, Orbán, que tiene un protagonismo tanto en el reino cristiano como en el moro, pero complicado para él debido a sus amores con Isabel, una joven cristiana cautiva en un momento de la historia de los moros. Pero hay más, que veremos poco a poco.

Eslava Galán nació en Arjona (Jaén), en 1948. Se licenció en Filología inglesa en la Universidad de Granada y se doctoró con una tesis sobre historia medieval. Como escritor, tras la concesión en 1987 del Premio Planeta con su novela “En busca del unicornio”, su nombre es uno de los imprescindibles en la novelística contemporánea. Otros títulos suyos destacados son: “Yo, Aníbal”, “Roma de los Césares”, “El comedido hidalgo”, “Historia secreta del sexo en España”, “Señorita” y “Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie”. Además es autor de un libro de sonetos, publicado en 2005 y de varias novelas, tipo best sellers, inspiradas en la época medieval y escritas con el seudónimo de Nicholas Wilcox.

Eslava Galán ha participado en varias ocasiones en los Encuentros de escritores de la Universidad de Tarragona y siempre ha destacado por algo que se hace patente en su escritura, el dominio del lenguaje, el verbo cálido, un léxico adecuado a cada uno de sus personajes y la capacidad de contar con palabras exactas variados registros lingüísticos que vienen dados por la profesión o las circunstancias de los personajes de sus novelas. El en caso de “El mercenario de Granada” asombra el dominio del lenguaje de la guerra, el de los herreros y el de los artilleros; y no podemos olvidarnos el del pensamiento cristiano y el del musulmán. Precisamente, y en este sentido, voy a ofrecer a los lectores unas cuantas incursiones en la novela.

En la p. 29 (cito por la edición del Círculo de Lectores) se puede leer algo que a mí me movió a reflexión: “   -Durante doscientos años. Granada se ha mantenido en medio de los reinos cristianos porque pagaba un tributo anual de veinte mil doblas de oro. Ahora ese comercio está en manos de las compañías genovesas y pisanas, a través de sus consulados comerciales en Oran, y no llega tanto oro a Granada. Fernando, el rey cristiano, ha decidido que es el momento de sacrificar la gallina. Granada nos enseña la inconsistencia de los reinos que dependen de una voluntad.”

Las dos últimas líneas son demoledoras porque nos enseñan que cuando un país cae en manos de un gobernante caprichoso y sin escrúpulos, fácilmente ese país va a la ruina, lo que de hecho ha sucedido con las dictaduras militaristas que han gobernado frecuentemente en muchas de las repúblicas iberoamericanas y cuyas historias aciagas han dado lugar a novelas como El señor presidente de Miguel Ángel Asturias o La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa. Y miedo me da ahora España, por el capricho de… y la incompetencia de…

En la página 33 hay un diálogo entre Orbán y Centurione: “En otra circunstancia los reyes y los predicadores nos habrían quemado por brujos -prosiguió Orbán-, y hasta es posible que los primeros artilleros terminaran sus días en la hoguera, pero hoy los reyes nos necesitan y nos miman porque su poder depende enteramente de nuestra capacidad para derruir los muros y los castillos.

-La Ultima ratio regís -dijo Centurione-, el Arma del Rey, como la llaman los españoles.

La pólvora era la “razón última del rey”, no el diálogo, no la negociación basada en argumentos lógicos y sostenibles. No. La pólvora. Lo que indica que somos herederos de reinos y países hechos por la fuerza, por el uso de la pólvora, con lo que hasta en la vieja y “civilizada” Europa no sé si su trayectoria histórica es para presumir o para esconderla.

En la página 124 Eslava Galán nos relata las arengas que lanzaba un profeta visionario, un líder religioso: “ -¡Zegrí! ¿A qué esperas? -interpeló a los altos miradores-.¿No te bastan las señales del cielo? ¿Es que te tiembla la barba a ti que te llamaste un día «la espada del islam, el victorioso»? ¿Es que les temes a los perros de Fernando, aunque tu madre te parió para ser el lobo de los infieles, el látigo de los politeístas, el verdugo de los comedores de puerco, la peste de los trinitarios, la argolla en el pescuezo de los que abominan de Alá? ¡Mal haya el que pisa los huesos de los mártires! ¡Vigila que con tu prudencia excesiva no estés saboteando la sagrada yihad! Alá ha aparejado una gran victoria y los buitres y los cuervos se arremolinan como una negra nube sobre el campamento de los perros anticipando el banquete. ¡Hoy les vaciarán las órbitas de los ojos con sus picos curvos, hoy les desgarrarán con las garras las entrañas! ¿Oyes la voz del profeta que resuena en mi garganta o el pánico te ha sellado los oídos mejor que la cera? ¡Zegrí...! ¡A ti te invoco! Ha llegado la hora de abandonar la molicie y dirigir a los fieles a la Guerra Santa, a la madre de todas las batallas.”

Es una página que contiene muchos de los tópicos que explotan los hombres santos, los iluminados y que, particularmente en el islam, pero también en todos los fanatismos del mundo, estas predicaciones o similares han conseguido el brote de nacionalismos religiosos difusores del fanatismo y la intolerancia.

La llamada “a la Guerra Santa, a la madre de todas las batallas”, es la llamada al odio, es la llamada a la intolerancia, es la llamada al pensamiento único; es la llamada de los nacionalismos y de los fanáticos, sean de la patria, sean de la religión.

Y finalizo, porque creo que el lector ya se ha hecho una idea de lo que es y cómo está escrita la novela, con otra cita, las líneas con las que concluye el capítulo XXV, p. 169. El ejército cristiano, el de Isabel y Fernando, acaba de conquistar Málaga. El obispo, los nobles y los reyes recorren la ciudad y…: “Así llegó el séquito hasta la mezquita mayor donde, tras las aspersiones episcopales con agua bendita, para bendecir el recinto y librarlo de sus miasmas musulmanas, los carpinteros de Fernando instalaron la campana sobre un cadalso provisional. Quedó consagrado el templo como la primera iglesia de la ciudad.”

Ya está. Un poco de agua bendita y una mezquita, que supuestamente había alojado a todos los herejes y había dado refugio a los mayores enemigos de la cristiandad, queda convertida, en segundos, en templo santo, en catedral. Piensen en esta transformación y piensen en otras transformaciones no menos fabulosas, creo yo. Piensen en una matanza terrible, en un acto terrorista como el de los trenes de Madrid del 11 de marzo de 2004 en el que murieron 192 personas y del que todavía hoy no se sabe quienes fueron los autores intelectuales, los que lo idearon, los que prepararon los artefactos explosivos, los que los colocaron en los trenes y ni siquiera se sabe qué explosivo específico se utilizó. Y de repente hay un juicio y se hace pública la sentencia y esa sentencia se convierte poco menos que en dogma de lo que sucedió en el atentado y algunos partidos políticos y el presidente del gobierno español afirma campanudamente que ya queda establecida la verdad. Se ha operado el milagro. Agua bendita y sentencia y ya tenemos catedral y verdad de lo acontecido en el atentado terrorista en el que murieron 192 personas.

 

0 comentarios